Ayer hizo un mes que volvimos de Estambul, otra vez primavera en Estambul.
Yo no sé que me pasa, no sé cómo tratarlo, cómo concentrarme en mi vida de oficinista en Buenos Aires gris, húmeda y tan llena de iglesias. Se me ocurre pensar en cuanta plata necesito ahorrar para volver, seguir miles de cuentas de Estambul en Instagram, usar todo lo que sea Estambul en mi casa y en mi vida, el modo turco, cada día es un día menos para volver, claro que sí, mientras tanto hay que hacer algo, para no desesperarme escribo, entonces tengo un cuaderno de viaje con 13 carillas llenas de detalles insignificantes para el resto del mundo pero oro en polvo para mi, porque nada me pone mas triste que pensar en olvidarme de algo, de lo que vi, de lo que sentí, de cómo era un lugar, como se llamaba algo, me reprocho no haber conocido mas cosas, no haber escrito mas estando ahí y todas esos laberintos neuróticos a los que se presta mi mente a la perfección.
Y porqué Estambul? cual es la droga que me mantiene cautiva? cómo funciona este imán onírico? Calculo que le pasa en promedio a 1 de 3 personas de occidente cuando conocen el centro del mundo, la ciudad que armó caóticamente el escenario donde vas soñando mientras caminas despierta, buscando la torre de Galata desde cualquier rincón, tratando de entender tanto por entender, la historia, la comida, las tradiciones, todos esos sonidos imposibles de descifrar, y los ojos que reconozco, los que miran fuerte, una cultura llena de contradicciones para mí pero que no puedo soltar. Todo el tiempo estoy diciendo que ya se me va a pasar, que es el temita de volver a adaptarme, pero en mi otro yo me digo que es imposible, que llorar con el final de la película "The shape of water" al mismo momento que el avión despega del aeropuerto de Atatürk no le pasa a todo el mundo, que nadie ama tanto a una ciudad donde no viviría, porque obviamente no rompería mi encanto, soy loca pero no boluda. Y me aburro lo suficiente como para crearme todo el tiempo imposibles y obsesionarme todo el tiempo que sea necesario, como adolescente tardía llorando por amor, ahora lloro por un lugar, porque necesito que Estambul quede en Uruguay para poder viajar cuando tenga ganas, para ir a pasar el día visitando mezquitas o comiendo baklava y tratando de charlar con gente que no me entiende.
Pero este día que pasa es un día menos que me acerca a mi regreso, mi mantra de todos los días desde aquel 05 de mayo en que partí.